Don José Marcial López Aragón Cortez, ha muerto en la
víspera de hoy.
Uno de los más importantes y reservados colaboradores de la Iglesia del pueblo, partió a mejor vida. Dijo el cura párroco, aunque los presentes carecían de fe para imaginar una mejor vida que la de José Marcial.
Uno de los más importantes y reservados colaboradores de la Iglesia del pueblo, partió a mejor vida. Dijo el cura párroco, aunque los presentes carecían de fe para imaginar una mejor vida que la de José Marcial.
Vale redundar, que el millonario murió cuando su corazón
le dejó de servir, como si fuera una profecía cumplida, porque el viejo tenía
esa costumbre de descartar todo lo aquello que no le sirviera más. Su vida había
sido gris como la neblina, cuando no, oscura y desgraciada para los que
anduvieran cerca. El viejito palmó en la
ciudad que lo vio nacer, San Francisco, pero para ser exactos con la
fenomenología de los acontecimientos extraños que tiene la vida, el viejo
millonario, murió en la misma habitación donde nació, la habitación principal
del palacio familiar donde su madre lo había alumbrado 95 años atrás, y tras su partida había quedado una herencia
tan grande como dolorosa.
La noticia de que el último baluarte de la aristocracia del
interior del país había dejado de existir, rápidamente se propagó a
todos los rincones donde el acaudalado José Marcial tenía una finca,
estancia o negocio.
Los López Aragón Cortez, son, sin duda alguna, el resultado
de la unión de las familias más poderosas y acomodadas que registra la historia
de Córdoba. Habían formado parte del clan
de familias fundadoras del Poder Judicial, por tanto, habían elegido a los primeros
jueces, a los fiscales, a secretarios y demás funcionarios a la Justicia local, ergo, el resto de las influencias llegaron por añadidura a aquellas selecciones de personal, igual que las tierras que ganaba en juicios; digámoslo así: Algunos favores se debían toda la vida.
Aunque no constaba en ningún documento, ni público ni
privado que lo probara, se sabe de un pacto secreto entre las familias que aún perdura
vigente. Tratábase de un “Pacto de Respaldo Mutuo” donde se habían jurado apoyo
incondicional entre las tres familias que estaban en la cima de la alcurnia. El trato tenía por fin, respaldar, apoyar y defender todo tipo de acción
para perpetuar el estilo de la clase y el poder en la descendencia sanguínea por el resto
de las generaciones venideras.
Ahora bien, volviendo a la muerte, dicen los que saben, que
a veces la muerte no es una pérdida, sino un alivio, que la muerte libera y,
bien podría ser éste el caso, pues, al viejo, no lo quería ni la madre, o mejor
dicho, el viejo no quería ni a su propia sombra. La fama de viejo crápula “ijoeputa” lo
precedía. Era conocido por la mayoría de los que rodeaban a José Marcial, que la
historia de su vida y la de su fortuna venían enredadas de engaños y traiciones
familiares, abusos y sangre inocente derramada, aunque Don José Marcial, no
había sido ni el primero ni el ideólogo de la familia en ordenar que se tirasen
por tierra la toldería de los Pampas que habitaban al Este, perdieron sus
tierras sin saber como ni por qué; el difunto había sido el mentor que fundó el
periódico “La Verdad” sólo para anunciar el progreso de la civilización y el
avance de las vías y las industrias sobre los arados y las casas de los
originarios que eran expulsados con sendas represiones por la policía que los
desalojaba en cumplimiento del deber de ordenes judiciales, que jueces,
nombrados por la familia del muerto, habían mandado a cumplir, mas, en
reconocimiento del valor y el coraje de las cuadrillas de policías, estos, habían
sido autorizados a hacerse de los bienes muebles abandonados por los salvajes
expulsados.
El viejo, había contribuido suficiente a seguir amasando fortunas
y hacer crecer el patrimonio de la familia a cualquier precio y sin escrúpulos.
También se sabía, pero nadie se atrevía a decirlo, que el
difunto tenía más de una decena de hijos con las empeladas que le servían en el
palacio y, cuando quedaban embarazadas, con la promesa de que al niño nunca le
faltaría ni techo ni trabajo, las mandaba a trabajar a las fincas que poseía en
los campos, de ahí, su fama de crápula. Lo
cierto es que, a pesar de que tenía herederos distribuidos por toda la
provincia, en los papeles sólo se le conocía una esposa, Lilian Meet, con quien
habían tenido un único hijo, el señorito José Leopoldo López Aragón Cortez, quien
vivía en Londres, la ciudad natal de su madre.
Entre las personas que se alegraron de que el viejo disoluto
había, por decirlo de alguna manera elegante, estirado las piernas, había una
en particular que vivía la situación con efusión y expectativas, agradeciendo plegarias
al destino por la oportunidad que podía presentársele. Se trataba de Juan Carlos.
Juan Carlos, es empleado de la funeraria más prestigiosa y reconocida
de todo el noroeste de Córdoba. Él se
encargaba de recibir el cuerpo, asearlo, cambiarle la ropa, si era necesario lo
afeitaba, lo peinaba incluso lo perfumaba; tenía la responsabilidad de controlar,
con discreción, que el cuerpo no segregara ninguna sustancia ni emanara algún
gas desagradable mientras se lo velaba. También
acomodaba las coronas de flores y hacía las veces de recepcionista y chofer del
cortejo fúnebre, en definitiva, era el principal empleado de la casa y, además
era leal, responsable y dedicado. Un hombre apasionado y sensible que a partir
de la experiencia de la desgracia ajena y el desgarro de los que pierden un
afecto sin previo aviso, había aprendido a presentar, ante un público más
delicado que porcelana china, a la Muerte, con cierta dulzura y tan buen trato,
que cada vez que alguno veía a su familiar reposando adentro del ataúd, daba la
impresión de ver al muerto más relajado de lo que estaba antes de partir.
Era muy común escuchar a Juan Carlos hablar de su trabajo,
en realidad siempre hablaba de su trabajo, de los cuerpos, de las distintas formas
de morir, del dolor o del no dolor de los familiares, de la calidad de los
ataúdes, a veces, con unos vinitos adentro, contaba que hablaba con los muertos
mientras los preparaba y, que hubo algunos que se días después se le aparecían
en los sueños y le contestaban, incluso, que le pedían que llevara mensajes a
los familiares… Pero, sea como sea la relación que Juan Carlos tenía con los
muertos, él, era de esos tipos buenos que siempre encontraban una enseñanza de
vida en todo lo que hacían, solía decir que El mejor maestro en la vida era el dolor, porque lo que te enseñaba no se
olvidaba más hasta la muerte y, más allá, sobre la fragilidad de la vida sabía
todo y, era gracias a la mismísima muerte a la que se refería como la fiesta
sorpresa a la que todos estamos invitados.
Su trabajo lo había hecho ser como es, un tipo simple, alegre
y apasionado.
En la imaginación de Juan Carlos, como era de esperar, el
velorio de López Aragón Cortez, debía hacerse en el lugar de más clase de
Córdoba, su funeraria. Ésta era la oportunidad que había estado esperando desde
hacia mucho tiempo para demostrar a los dueños el arte que había creado, con lo
cual, estaba seguro de conseguir un reconocimiento y un aumento.
Y así sucedió.
La familia del extinto multimillonario, confirmó en
comunicado de prensa que velaría los restos de don José
Marcial en el lugar que
más se acercaba a su clase.
Juan Carlos, determinado y prolijo como había sido siempre, preparó
el detrás de escena con todo el despliegue de sus instrumentos de trabajo preferidos
y, con la pasión que caracteriza a los grandes artistas de la historia, empezó
su labor, pero, primero lo primero, -pensó- y seleccionó la pista número tres
de su cd de “mejores canciones” esas que el definía como aquellas que encendían
su alma, subió el volumen al máximo y, cuando empezó a sonar Soldado del Amor,
se dejó llevar… empezó por los dedos huesudos del muerto emparejándole las
cutículas, cortó las uñas, limó un poquito donde era necesario. Para la ocasión, estreno la navaja que había
comprado años atrás cuando soñaba ésta oportunidad, después cortó dos pelitos
que salían de la nariz y otros de la oreja. Luego, manguereó el cuerpo con agua tibia lo
bañó con un jabón mezcla de aloe vera con canela y le enjuagó la calva con un
shampoo casero de ortigas que compraba cada vez que visitaba sus parientes de
Villa Dolores; con meticuloso pulso dio una rasurada perfecta; peinó las cejas
para que quedaran parejitas usando un gel a base de manteca de algas para dar
luminosidad a la zona de los ojos. Cuando terminó, secó el cuerpo, lo maquilló
y lo vistió para la ocasión, por último, el toque final, los algodones
absorbentes prolijamente acomodados dentro
de las fosas nasales y el enrosque de la lengua bien al fondo de la garganta
rellenando el resto de la boca con más algodón para sellar los labios con un
pegamento especial dejando un pequeñísimo orificio para que escape el aire. Ahora si, el cuerpo está como si no hubiera
pasado nada, el anfitrión de la fiesta estaba listo para recibir sus últimas
visitas –Pensó mientras se ponía un poquito de saliva en el dedo para
emprolijar el último detalle en la pestaña derecha- recién ahí, apagó la
música.
Cuando termino, fue a cambiarse de ropa, aún le quedaban las
correcciones finales de la sala, y algunos a llegados de la familia ya se habían
hecho presentes, fue entonces, cuando tomó conciencia de la alta clase social de
los invitados que empezaban a llegar, sintió los primeros retorcijones de nervios,
recordó cuanto le molestaba de chico lo llamaran “Juanca” y las fibras íntimas
del humor le alteraron la tranquilidad estomacal, Juanca, había subestimado la presión de los
grandes eventos, pero por suerte, la viuda, había ordenado expresamente que
aguardaran su llegada, Ella, vería a solas y primero que nadie a su marido para
autorizar el inicio de la velada.
Juan Carlos intuía algo extraño flotando en el ambiente, lo
primero que se le vino a la cabeza fue el la cara del finado, inmediatamente
fue a verlo, todo estaba en orden, trató de calmarse haciendo sus cosas.
En un vuelo sin escalas, acaban de arribar al país en el
avión privado de la familia, Lilian Meet y su hijo.
-Señora, bienvenida. Nuestro más profundo pésame para éste
duro momento que les toca pasar.
El saludo formal de Antonio, dueño de la funeraria, no movió
un pelo de la señora ni de su hijo, que no perdieron tiempo en saludos
-¿Dónde está mi marido?
-Si señora, adelante, por acá van verlo…
Todo estaba listo.
La cara de José Marcial López Aragón Cortez adentro del
cajón se iluminaba con brillo por el contraste de la cobertura blanca del ataúd,
en rigor a la verdad, gracias a las manos apasionadas de Juan Carlos que había
hecho un trabajo perfecto, el aspecto general del finado se había favorecido bastante
en comparación a cuando estaba en vida.
La millonaria viuda y el hijo observaban el cajón en
silencio, Antonio y Juan Carlos esperaban detrás, a los dos les llamaba la
atención la distancia que había entre la madre, el hijo y el difunto, habían
pasado poco más de un minuto y no había reacción de dolor ni de consuelo entre
ellos, era como ver un auto que estaba a la venta, algo estaba faltando… hasta la
que Sra. Meet, tuvo un inesperado rapto de furia que rompió el silencio:
-NO, NO y ¡NO! Así, no pueden mostrarlo.
Antonio y Juan Carlos,
seguían inmutables.
-¿Dónde está su peluquín? Gritó la viuda.
Juan Carlos empalideció como si él fuera el muerto, empezó a
sudar en frío y su estómago se revolucionó violentamente, no pudo evitar tener
que poner la mano en la panza para calmar los retorcijones, sintió que el mundo
se le caía en la cabeza como una tormenta de granizos...
Ni él, ni Antonio tenían idea de que el viejo usaba
peluquín, el que seguramente se habría extraviado por ahí
o tal vez se lo
habría robado algún empleado que odiaba al tirano, pero en fin, del peluquín ni
un pelo…
La furia de la Sra. Meet se tornó incontrolable, enojada,
como sólo saben enojarse los ricos, se dirigió a los dos y mirándolos fijo a
los ojos les juró que si no encontraban el peluquín de su marido, jamás por los
jamás de los jamases, volverían a encontrar un trabajo sobre la tierra de éste
continente.
-Si alguien se entera, que mi marido era pelado, les doy mi
palabra que Uds. van a desear estar enterrados con él antes de saber lo que soy
capaz de hacer… por mi vida, que tienen los minutos contados para solucionar
esto. ¿Quedó claro?
-Si señora.
El “si” de los dos, fue suave y cortito, como niños en
penitencia.
En eso, después del si, se oyó al hijo:
-Te dije mamá, yo te dije, en Londres estas cosas no
pasarían, todo esto es culpa tuya…
Lilian Meet y el señorito se retiraron del cuarto
frigorífico donde estaban y se fueron a recibir las personas que iban llegando
como tropeles.
Juan Carlos sabía que ahora le tocaba oír al jefe, pero el
que sabe, sabe, y Antonio no es dueño por casualidad, no perdió tiempo en
reproches, se limitó a mirarlo, con eso bastó para comprender el futuro,
después, sin perder tiempo, buscó un número de teléfono y le dijo: -llama de mi
parte, pregunta por Lucía, explícale que se trata de una urgencia. Que venga de
inmediato.
–Sí señor. Respondió Juan Carlos, que tenía la moral por el
suelo y el orgullo en un cenicero.
Don José Marcial López Aragón Cortez y Juan Carlos habían
quedado otra vez a solas, uno acostado mirando el techo, y el otro sentado
sobre los pies del cajón, encorvado, con los pies cruzados. Juan se encendió un cigarrillo, observaba al
muerto, daba una pitada al cigarrillo, volvía a mirar la cara de José Marcial …si serás culiadito viejo, hasta muerto te
gusta joder a la gente que labura para vos… y exhaló el humo del cigarrillo
con fuerza directo a la cara del muerto, estaba a punto de tirarle las cenizas
encima de la cara cuando oyó que alguien entraba, era ella, Lucía, una mujer
hermosa, más o menos de la misma edad que él, que no había visto antes, de
repente se sintió descubierto y mal ubicado, se sonrojó rápidamente, Lucía se
dio cuenta, pero lo tomó con gracia y a cambio le regaló una mueca de
complicidad.
Se saludaron con un beso y los conceptos de la química se
estrellaron en los carriles de la mirada. La fuerza de atracción les era irresistible
para ambos, las primeras palabras estaban todas demás, nada era mejor en ese
instante, que dejarse llevar por la sorpresa del encuentro.
Lucía, además de ser la mujer más linda que habían visto los
ojos de Juan Carlos, era una experta peluquera y la mejor fabricante de pelucas
de pelo natural. Ni bien se presentaron, Ella empezó a trabajar
-A ver, que tenemos acá…mmm… Pobre viejo –dijo Lucía- ni
muerto ha podido mostrarse como es, que pena dan los que viven así, no te
parece?
El pensamiento de Lucía le caló un toque en la conciencia, le
hizo sentir un dejo de culpa y un poquito de vergüenza ante la nobleza de Ella.
-Claro, si, presupuesto, por supuesto digo.
La belleza de la peluquera le provocaba un alboroto de
palabras en la boca, y probando un peluquín, probando otro, Lucía, volvió a
sonreírle y desinhibió la tartamudez. Empezaron
a entenderse con la mirada y tuvieron una conversación tan fluida, que
cualquiera que los hubiera visto, podría pensar que se conocían hace años,
entre charla y charla, Lucía seleccionó el peluquín que mejor le quedaba al
muerto.
Juan Carlos, que
nunca había visto al viejo con pelo, consintió la selección, sin duda, era el
quincho que mejor le quedaba, estaba como nuevo, la línea prolijamente peinada,
flequillo al costado y, como si fuera poco, el castaño hacía juego con el cajón
-¿qué más se podía pedir?-
-Listo el pollo. Ironizó Lucía.
-Sale con fritas, retrucó
Juan Carlos.
En pocos minutos, Lucía y Juan Carlos, habían hecho el
equipo de trabajo soñado por cualquiera, se entendían a la perfección; pero el
cuerpo, que ya no tiene tiempo para perder en cuestiones de verse bien, sino
para conservarse en buen estado, obligó a interrumpir el incipiente amor y
seguir con el velorio. Juan Carlos inmediatamente puso el cajón en la sala para
el público e hizo pasar a los deudos a dar el último adiós, uno a uno, se
fueron aproximando y a medida que pasaban se iban amontonando alrededor del
muerto, algo cuchicheaban, ninguno quería alejarse de la imagen, detalle que instantáneamente notó Lilian Meet
que no dudó en acercarse rápida al cajón y cuando vio el cuerpo de su marido,
repentinamente se les desencajaron los ojos y agarrándose la cabeza empezó a
gritar como si estuviera viendo un fantasma, gritó y gritó, hasta que se arrojó
sobre el cajón del marido abrazándolo con tal vehemencia que en esa acción
cayeron los dos al piso, primero la señora y encima de ella, el marido, que
literalmente cayó con peso muerto sobre la viuda que seguía gritando hasta que
el oxigeno dejó de llegarle al cerebro y se desmayó desplomada, como una bolsa
de papas, con las piernas desparramadas, varios tuvieron que girar sus caras por
la impresión de ver el enorme calzón de la señora y la cabeza del muerto en la
entrepierna; el señorito corría despavorido por sala gritando “auxilio,
auxilio” en un estado catatónico de nervios y ansiedad que también lo llevó al
desmayo .
Desalojaron la sala para dejar lugar a los paramédicos del
servicio de emergencia que hacían primeros auxilios. Madre e hijo, fueron trasladados al hospital. El
dueño estaba desesperado, en la puerta de la funeraria esperaba la prensa, que
ya estaban agitando para entrar y saber que había pasado, a los gritos preguntaba
que había pasado, Juan Carlos y Lucía se miraban con cara de póker y se
preguntaban lo mismo.
Nadie comprendía que había pasado. Nadie. El velorio había
terminado ahí.
Pero, entre gritos y gritos de Antonio, alguien se acercaba
tímidamente, una señora un tanto mayor, bajita, media gordita, de expresión
sumisa pero tierna, ella había visto y entendido todo, -Señor, disculpe, -pausó
esperando atención-
-¿Qué quiere? Contestó de mal modo el dueño.
-Me llamo María, yo soy el ama de llaves de la Señora Lilian
y el difunto señor Marcial, yo sé porque se desmayó mí señora…
-Bueno, cuéntenos ¿por qué? ¿Qué está esperando?
-La Señora Lilian es muy especial ya lo habrán notado… bueno…
primero, el color del pelo que usaron no es el mismo que usaba el Señor, pero
eso no es nada, lo que alteró a la doña, fue ver que la etiqueta del precio
había quedado a la vista, entonces ella se arrojó a quitarla y volteó el cajón,
se veía a la legua, arribita de la oreja, $99,90 MADE IN CHINA decía…
Como correspondía, ese mismo día despidieron a Juan Carlos.
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