-¿Cuántas veces tú papá te dijo que te quería?
-a ver ...eee... dejame pensar… pará que hago un poco de
memoria… mmm… que me acuerde ahora?
-sí.
-ninguna.
- Así estamos.
Ayer salimos a caminar con mi novia por las sierras de
Punilla, entre Dolores y Capilla del Monte, serpenteábamos el arroyo a campo
traviesa maravillados por el abanico de colores que regala el otoño, cuando
noté que detrás de nosotros, seguían nuestros pasos tres chicos que no parecían
lugareños, entonces miré a mi chica con la intención de que ella también los mirara,
pero no me entendió, venía hablándome de la belleza de las hojas amarillas y de
la inmensa libertad del cielo celeste y de no sé que cosa más, no dije nada, seguimos caminando. Después avanzar un par de
metros volví a mirar atrás y los tipos estaban mucho más cerca, vi que
los chicos no eran tan chicos y que la ropa que tenían puesta no era de campo,
más bien parecía como si recién hubieran salido de bailar, y así podría haber sido, porque era domingo y no más de las diez de la mañana, pero el problema era que
hacían ahí, detrás nuestro y cada vez más cerca, la verdad, es que me incomodó
que estuvieran, su presencia ahí, me alteró y me puso nervioso; y en eso
andaba mi cabeza cuando mi novia me pidió que frenáramos porque su tobillo le
estaba molestando por una torcedura que tuvo hace meses, ofuscado le dije que NO, que avanzáramos un poco más hasta un lugar más cómodo que había adelante,
ella me miró extrañada y contestó a la defensiva, necesito parar para acomodarme
la tobillera, bueno, pero hacelo más arriba, dale, -mi tono de voz automáticamente
ya había cambiado y ella ni se percataba de que los extraños se acercaban sospechosamente,
¡dale! le repetí más fuerte, ella dijo no, acá me cambio, además no tenés porque
ponerte así por un minuto que te pido que me esperes, no sé cómo no te podes
relajar acá, en medio de la naturaleza, nadie nos apura, estamos solos y en eso se
quitó el buzo quedando con una musculosa fucsia bien apretada que a mí me encanta y sus hermosos
hombros blancos descubiertos, sensual, atractiva, el lugar y el momento eran
ideales para hacerle el amor sobre un colchón de hojas marrones y quitarle esa musculosa que le ajusta las tetitas firmes, pero no, la idea sólo me perturbó más de lo que estaba,
ellos eran tres y yo uno, ellos son altos y flacos y yo no corro ni el colectivo, entonces sentí miedo, miedo
de que estuvieran siguiéndonos sabiendo, como acaba de decir mi novia, que
nadie aquí podría vernos, ni escucharnos ni ayudarnos, era la ocasión perfecta para
graduarse de ladrón o de violador. Ella seguía sentada, dolida y encima ahora enojada conmigo por mi forma de
hablarle y eso me irritó más todavía porque yo sólo quería protegerla y ella no se daba cuenta, entonces le ordené que se apure, me preguntó que qué me
estaba pasando, por dentro pensé, sólo me gustaría que preguntes menos y que hagas
más que no tengo tiempo para explicar todo lo que está pasando y lo que puede
pasar si no nos vamos de acá, porque tengo miedo de decirlo y que se haga realidad, pero en cambio dije, NO ME PASA NADA, SOLO
QUIERO QUE TE APURES DE UNA BUENA VEZ Y DEJES DE DARME LA CONTRA EN TODO. QUIERO QUE LLEGUEMOS
AL OTRO LADO. ESO ES TODO LO QUE ME PASA. Que estrés que me das cuando te pones
así, ¿para qué venís al campo? me contestó muy enojada y
continuó hablándome mientras yo sólo veía como venían al acecho los tres hijos
de putas esos que me ponían los pelos de punta. Mi cagazo crecía, miré al piso y
tomé una piedra que escondí en el bolsillo, los negros ya estaban a dos metros
y mi chica no se callaba la boca, hasta que los escuchó llegar, entonces volteó
y los vio, uno se había cruzado del otro lado del arroyo y venía por la espalda
de ella y los otros dos venían por mi lado, estaban ya delante mío, mirándome
fijo a la cara, yo metí la mano en el bolsillo, estaba listo para usar la
piedra y hacer todo lo que fuera necesario, entonces el que venía primero me hizo
un gesto agreste de saludo, una leve inclinación con la cara y luego siguieron
su paso hacia el otro lado del cerro sin detenerse, donde después vimos que había un caserío
y más gente, cuando terminaron de pasar estas personas -que ya no eran negros- respiré hondo y
aliviado, pero con el abatimiento de sentirme una vez más el boludo de siempre
que no sabe comunicar sus emociones sin armar un alboroto, especialmente aquellas que no van el
estereotipo de “macho” que existe actualmente en el inconsciente colectivo actual, por ejemplo, llorar.
En el río tuve MIEDO
de que nos pasara algo malo, (además de que no tenía motivos reales para
suponer eso más allá de lo que veo en las noticias) el caso, aquí, es que sentí miedo y al mismo tiempo una reacción automática de ocultarlo. De negar. De
atribuir otros motivos. De enojar. De ser macho.
Esto me llevó a escribir este artículo y reconocer la incapacidad del hombre para expresar sus
sentimientos y sus emociones, honesta y libremente, es decir, SIN PREJUICIOS.
Y pensé... estamos en la era de las comunicaciones, todos incomunicados y sin
señal del otro. Tenemos mensajería gratis, redes sociales gratis, números para
llamar gratis, mensajes de voz, videoconferencia y tenemos internet disponible en cualquier rincón del planeta para estar más cerca que antes, tenemos caritas y tenemos dibujitos para
adornar el mensaje, pero también tenemos la discapacidad
emocional para comunicar y expresar lo que late adentro del sayo, que es, como
esos mensajes que nunca llegan, al que está al lado nuestro, y Así estamos.
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